¿Unidades anticorrupción en la investigación académica?

Tras la publicación del librito estoy francamente sorprendido por la realimentación que estoy recibiendo sobre el tema del fraude científico en la investigación. He estado manteniendo entrevistas con bastantes amigos relacionados con la academia de una u otra forma —menos mal que el café lo tomo descafeinado— además de recibir muchos emails de felicitación y ánimo (sobre todo por «la valentía»). Una primera lectura que une todas las reflexiones que he escuchado, es el sentir general de que el fraude científico está mucho más extendido de lo que podemos llegar a imaginar.
Como digo en el libro, estas conductas fraudulentas pueden llegar a sorprendernos a los ajenos a este mundo, que estamos engatusados por el halo de pulcritud, exactitud y decencia que algunos académicos intentan vendernos. Y no, no son una excepción de la raza humana ya que la evidencia invita a pensar que son tan mentirosos como el resto 🙂 .

Pincha para leer el artículo completo... Could academia benefit from an internal affairs style unit, like those in popular in law enforcement and police dramas? Photograph: Steffan Hill/BBC

Un amigo y gran académico bastante interesado en la investigación sobre el plagio, me ha enviado estos días un interesante artículo publicado en The Guardian hace unos meses (13/03/17). El artículo pone el acento en la cuestión central que aquí planteamos (el fraude científico), citando algunos interesantes casos que yo no cito en el libro, como el de «Andrew Wakefield, John Darsee y Robert Millikan que ganaron el premio Nobel de medicina gracias a lo que algunos consideraron como un fraude científico». Al final, plantea si no sería conveniente tener en la academia una especie de departamento de asuntos internos (como en la policía), que investigase a los investigadores para que estos tuviesen menos fácil mentir.

Con el enorme incremento en el número de investigadores a escala global en los últimos años, y la consiguiente proliferación de publicaciones, a lo que sumamos el hecho de primar más la cantidad de publicaciones que su calidad a la hora de ponderar el currículum de un investigador, el tema del fraude científico comienza a ser preocupante.

De momento yo ya sufrí sus efectos colaterales. ¿Nos quedamos de brazos cruzados o hacemos algo al respecto? 🙂

Muchas gracias por estar ahí,
Angel.

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